Uno que es miedoso por condición no le gusta mirar la tierra desde arriba. Eso de saludar a los pájaros aunque a veces es inevitable prefiero hacerlo con los pies en el suelo y unos buenos prismáticos. Además los aeropuertos son como un centro comercial en constante rebajas y el detector de metales siempre pita cuando me pasa por la piedra.
El coche no me convence. Soy peatón de acera y paso de cebra y los vehículos mi enemigo que pretenden limitar mi territorio. El cinturón de seguridad solo me hace pensar en la posibilidad de acabar con mi cabeza espantada en el cristal y los malos humos de la ciudad van a cuatro ruedas. Y el barco me marea y es demasiado lento.
Aunque el AVE sea para ricos y el Altaria aka Talgo un poco incómodo, elijo tren como medio de transporte y eso que desde que el humo del cigarro no inunda los vagones ha perdido parte de aquel aroma bohemia que rezumaba. Ahora Sabina se baja en Atocha y ya no vuelve a subir.
Los chinos, que como dice mi padre,“son el futuro”, tras abandonar el comunismo aunque sigan empeñados en vestirse de rojo, se han lanzando con fuerza a la carrera tecnológica y ya han demostrado que llevan dos cabezas de ventaja. Si hace unos días ya os hablaba de los aviones de supervelocidad a los que no me pienso subir salvo emergencia vital, hoy mi entusiasmo es mayor porque el gigante asiático ha anunciado un nuevo prototipo de tren capaz de ganar al avión en una carrera de velocidad.
Desarrollado por los ingenieros de la Traction Power State Key Laboratory de la Universidad del Suroeste de Jiatong, se trata tan solo de un prototipo en miniatura, pero según sus responsables podría llegar a ser una realidad comercial en unos años. Es el primero del mundo con estas características aunque países como Suiza y EE.UU ya se han interesado por el proyecto.
Según informa el periódico nacional China Global Times, de momento se ha conseguido alcanzar una velocidad de 1200 kilómetros por hora, lo que permitiría recorrer miles de kilómetros en apenas un par de horas.
Esto es posible gracias a la levitación sobre los raíles y la superconductividad, una propiedad de reciente descubrimiento, en 1933, que solo disfrutan algunos materiales. Los superconductores prenden la resistencia eléctrica por debajo de los –200 grados centígrados y es cuando sostienen corrientes eléctricas de manera indefinida que producen campos magnéticos que pueden hacer levitar un imán. Por esta razón los trenes de supervelocidad han sustituido las tradicionales ruedas por imanes y las vías ahora están fabricadas por materiales superconductores enfriados por debajo de su temperatura crítica.
Shai Bin, el vicedecano de la Escuela de Tecnología ha afirmado que durante las pruebas realizadas en el laboratorio el tren fue capaz de circular a una velocidad comprendida entre los 600 y los 1200 kilómetros por ahora, aunque esta cifra podría aumentar hasta los 2000 km/h. Seguro por tanto que el viaje será corto, pero en las condiciones que llegue el pasajero es ya otra historia.
Los antecedentes son prometedores y es que en la actualidad ya existen trenes de levitación que viajan a gran velocidad, como los
Maglev de Shangai que suben el velocímetro hasta los 580 km/h y que dejan al AVE como un pájaro con el ala rota.
La gran novedad de estos nuevos trenes es que realizan el viaje en un tubo al vacío, con lo que se consigue eliminar el rozamiento y por tanto ganar velocidad. Además, permitiría construir infraestructuras sobre la tierra y también bajo el mar, un hito que supondría una revolución en la industria de los transportes aportando otra alternativa a los viajes transoceánicos, y una solución para todos los que como yo no hemos cruzado nunca el charco por miedo a terminar mojado.
Por si fuera poco y en respuesta al necesario compromiso medioambiental, este nuevo sistema de transporte no emite prácticamente gases contaminantes, no produce ruidos y además su coste de fabricación es hasta diez veces menor que el de un avión.
Todo suena muy esperanzador sobre el papel pero hay que ser realistas y es que existen demasiadas trabas que ponen en serio riesgo la futura viabilidad técnica del proyecto. Su coste es desproporcionado. El precio por kilómetro de un sistema de túneles al vació es según los cálculos de los expertos de unos 30 millones de dólares, muy superior por ejemplo al precio de construcción de una red de metro convencional.
Como algunos pueden pensar que el dinero es solo cuestión de sumar billetes, la seguridad es hoy en día un obstáculo insalvable. En túneles al vacío los médicos desaconsejan viajar a velocidades superiores a los 350 kilómetros por hora y además, los mecanismos de seguridad actuales no serían útiles en caso de accidente.
Pese a todo, los ingenieros calculan que en un periodo de tiempo no menor a diez años, los trenes pueden ser una realidad aunque reconocen que se tendrán que hacer grandes esfuerzos con la consiguiente inversión. Si alguien puede hacerlo son los chinos y es que en tiempos de crisis el dólar ha desteñido el color verde y se ha tornado amarillo.
Como el blog se llama Nextfutura y el futuro se escribe sobre el papel habrá que confiar en las habilidades del gigante asiático. Los hunos también les llamaron locos y sin embargo todavía hoy siguen buscando la puerta de la muralla.
















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